DIA MUNDIAL DEL TEATRO 2015

El autor teatral

La figura del autor teatral tiene un reto particular, a diferencia del de otros escritores, y es que no se conforma con que su escrito sea leído o premiado sino que su propósito final es “la representación”, esa pieza construida, edificada sobre hombres y mujeres, que toma forma y cuerpo, “haciendo presente”, “representando” eso que pasó en tantas ocasiones por la imaginación de autor. En la representación no hay posibilidad de relectura, sucede una vez y recibe el juicio inapelable del público, o se aburre o participa.

 

Directores y empresarios de teatro son en muchos casos actores bajados de las tablas por la necesidad de ordenar el tráfico en el escenario o de realizar la producción de la obra y que hoy en día se han convertido en figuras fundamentales de la profesión.

 

Del papel a la vida

Una vez  el autor ha acabado su trabajo de plasmar en el papel a esos fantasmas y sus circunstancias, busca mediadores para darles vida. Es entonces cuando el director adquiere relevancia. “El director de escena ideal debería ser el mejor lector posible de la obra del autor, su interrogador más testarudo” –dice Gómez- y de esta manera conseguiría ver esa otra textualidad oculta tras el texto. De esta manera escribe de nuevo la obra pero no en el papel sino en el espacio de la escena. Al imaginar diálogos, desplazamientos y vestidos y llevarlos a la realidad mediante sus actores, se convierte en el primer espectador de la obra.

 

Existen directores laboriosos que “queriendo asegurar el efecto de la representación” fijan multitud de detalles con el fin de garantizar un resultado, a costa de esconder “la liebre” -término con el que José Luis alude a la imaginación del actor-. En lugar de eso, uno de los principales trabajos del director es estimular la imaginación del actor para que realice su propia búsqueda y encuentre esa textualidad no escrita propia del fantasma que ahora es honrado por el cuerpo del oficiante al que llamamos actor. Al encontrar eso “no escrito” propio del personaje encarnado, éste se convierte en persona, alguien real. Directores arriesgados son esos que trabajan con los actores de esta manera: presenciando cómo los actores, a veces de manera inconsciente e inesperada, realizan estos descubrimientos. Sin embargo, a veces los actores no están capacitados para ir en ese momento a esos lugares ocultos y se oyen los resoplidos del director que no consigue lo que busca y la liebre se esconde por la impaciencia del cazador inexperto. Esos actores pueden tachar a esos directores de desatinados o sin brújula y, si bien les hacen caso es simplemente por el temor a no trabajar más. Sin duda dirigir de esta manera resulta tortuoso.

 

Los ensayos son los periodos en los que el texto se va haciendo fluido y los actores-personajes van encontrando su función y sus pericias a la vez que surgen sus emociones y sentimientos derivados de lo escrito. También sus relaciones con otros personajes son reveladas y en conjunto llega a  formar un todo de “continuidad condensada”, que nos da una mirada diferente sobre la vida que no se puede encontrar sino a retazos en nuestras propias vidas. Esta resonancia emocional entre la vida ajena y la propia convierte el oficio de actor en algo práctico, “socrático”. Al llegar a este punto la obra puede representarse.

César Bandera es Actor-Storyteller
 
José Luis Gómez

Actor director y gestor teatral

 

Clase Magistral sobre el “Hecho Teatral” en el día Mundial del Teatro

 

Momento a Momento pone a vuestra disposición un resumen de la conferencia magistral que dio en 2013 Jose Luis Gómez en Barcelona, con motivo del Día Mundial del Teatro. La Fundación Romea invitó entonces a José Luis Gómez, actor, director y gestor teatral con gran trayectoria nacional e internacional, Doctor Honoris Causa por la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Real Academia Española. Hoy, con este extracto de sus sabias palabras, queremos invitaros a los actos que hay previstos para la conmemoración del día Mundial del Teatro este 27 de marzo en la ciudad condal.

 

"El Hecho Teatral"

El actor

El presente es el campo de maniobras del actor y por ello el trabajo del actor es:

“ […] la consciencia del propio estado, la disponibilidad vigilante de cuanto le sucede al otro actor- personaje, de dejarse afectar por cuanto acontece para a su vez reaccionar y replicar sin que ello aparezca aprendido o ensayado. Todo esto requiere un grado de atención infrecuente en la vida ordinaria, se trata de hacer real un presente que en el texto escrito sólo es evocado ficticio, […] esa forma de atención, don divino que llaman algunos, mirada simultanea hacia dentro y hacia fuera, nunca es estable, hay que lograrla segundo a segundo, expuesta como está a las polarizaciones de cuanto se manifiesta en el exterior y cuanto nos sobreviene interiormente. Esa atención así cualificada, es la fuerza de la conciencia, infrecuente en la vida ordinaria pero imprescindible en la escena. Esa atención es lo que permite al actor no ser un mero accesorio, un mueble, un ilustrador, lo que le permite estar presente, lo que le confiere presencia, que irradia energía, lo que imanta y despierta en suma la atención del espectador […]”.

 

Un buen actor nunca olvida que actúa y cierta es la paradoja de que cuando menos se identifique un actor con su personaje más podrá comprometerse con él y su situación.  Los miedos y los deseos de gustar de los actores principiantes encarcelan esa libertad. Es mucho más fácil alcanzar cualquier otra destreza del oficio del actor, “la sonoridad de su voz, la disponibilidad o capacidad de su cuerpo, la pericia de su fraseo (...),  que esa atención simultanea que dará verdadero sentido a todo lo anterior y determinara el misterio de su presencia”. Este logro se convierte en un extraordinario privilegio para el actor pues al hacerlo delante de su público involucra el tiempo y vida del espectador.

 

¿Qué sucede cuando un actor pierde el texto? El abismo y la vergüenza de esos eternos segundos en blanco, es lo que hace recordar al actor su servidumbre al texto. El académico llama a este hecho “servidumbre mediadora” pues el actor es eso justamente un mediador entre el texto del autor y el espectador.

 

 

La representación

Cuando se hace el silencio y comienza el hecho teatral se van fusionando los sentimientos de la comunidad en una emoción común y se producen un silencio e intensidad de extrema belleza propios del “hecho”. En ese sentido debería apuntar la dirección teatral.

 

¿Por qué vamos al teatro? Existen ciertos agentes sociales que repiten peligrosamente que el teatro es entretenimiento, diversión, que sirve para apartar a las personas de sus vidas. Pero la verdad es que aunque en algunos casos eso pueda ser cierto, no hace justicia a la verdadera razón por la que perdura esta manifestación artística. La verdadera razón es en definitiva que “el teatro termina trayendo al espectador ante sí mismo, enfrentándolo a las emociones y conflictos que comparte en una u otra medida con sus semejantes.”

 

“[...] El teatro es un juego, uno de los grandes juegos que ha inventado el ser humano en su búsqueda de la supervivencia y la salud común. Un formidable juego simbólico, especular, que devuelve o suscita en el espectador imágenes de la vida de sí mismo, de la sociedad, imágenes del defecto y del exceso, del pasado y del presente. Vamos al teatro en las horas en que liberados del trabajo buscamos un ocio fértil mas allá de la mera subsistencia, más que respuestas encontramos en el teatro un torrente de preguntas que nos ayudan a interrogarnos más certeramente a nosotros mismos en la búsqueda, consciente o no, de sentir. [...] Cuando abandona la representación, la puesta en presente del juego aludido, el espectador sigue leyendo durante un tiempo ese escrito de sus impresiones que lleva consigo, hasta que, como todo, se desvanece [...]”.

 

José Luis Gómez se formó en el Instituto Dramático de Westfàlia y en la Escuela de Jaques Lecoq en París. Su papel de Ricardo Franco en la película La familia de Pascual Duarte fue premiada como la mejor interpretación masculina en el Festival de Cannes. Después de un periodo de formación en New York con Lee Strasberg asume la dirección del Centro Nacional de Teatro, paso previo a dirigir el Teatro Español. Actualmente dirige el Teatro Abadía de Madrid donde ha estrenado espectáculos como Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, de Valle-Inclán; Azaña, una pasión española, a partir de textos del político y escritor Manuel Azaña; El Rey se muere, de Ionesco; Informe para una Academia, de Kafka; Play Strindberg, de Dürrenmatt; Fin de partida, de Beckett y El principito, a partir del libro de Saint-Exupéry.

Ha sido galardonado con multitud de premios entre los que destacan el Premio Nacional de Teatro, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, la Cruz de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras otorgada por el Ministerio de Cultura de la República Francesa y la Cruz de Caballero de la Orden del Mérito de la República Federal Alemana, concedida por el Presidente de la República Federal de Alemania.

En 2011 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad Complutense de Madrid al mismo tiempo que fue escogido como miembro de la Real Academia Española en la cual ocupa la silla de la letra Z.

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